Reflexiones sobre la educación canina

Hay algo que me cuesta mucho ver en sesiones y en la vida diaria: tutores perdiendo la paciencia mientras enseñan cualquier orden de obediencia. Da igual si es un sentado, un quieto o un ven aquí. La escena se repite más de lo que nos gustaría.

El tutor se tensa, sube el tono, repite la orden una y otra vez (cada vez más alto, por si acaso el perro se ha quedado sordo en los últimos diez segundos) y el perro… se bloquea, se despista o directamente deja de intentarlo.

Y entonces llega la frase estrella: “Es que es muy cabezota”.

Spoiler: no es cabezota

Cuando un perro no responde a una orden, rara vez es porque no quiera. Normalmente ocurre porque no ha entendido lo que le pedimos, el contexto es demasiado estimulante, vamos demasiado rápido o la enseñanza no ha sido clara.

La obediencia no es un botón que se pulsa. Es un proceso de aprendizaje que necesita tiempo, coherencia y, sobre todo, paciencia.

Hablamos idiomas distintos (y eso importa)

Todo lo que queremos enseñar a nuestros perros nace en nuestras cabezas de homínidos. Pensamos en palabras, normas y expectativas humanas, pero ese no es el lenguaje que practican los cánidos.

Los perros se comunican principalmente mediante gestos, posturas, movimientos y emociones. Pretender que entiendan nuestras órdenes solo porque las repetimos es como hablarle en español a alguien que no entiende el idioma.

Por eso es tan importante llegar a un punto intermedio: adaptar lo que queremos enseñar a un lenguaje que el perro pueda comprender.

El problema de repetir órdenes como un loro

Repetir una orden una y otra vez no la hace más clara. Al contrario, genera confusión y puede asociarse a malestar.

Obediencia no es sumisión

A veces se confunde obedecer con someterse. Pero un perro que aprende desde la presión o el miedo no está obedeciendo, está evitando un conflicto.

La obediencia bien trabajada debería dar seguridad al perro, mejorar los procesos cognitivos y de aprendizaje, estimular la memoria, favorecer la comprensión mutua y el autoconocimiento, reforzar el vínculo y facilitar la convivencia.

Si cada ejercicio acaba en enfado, algo está fallando… y no suele ser el perro.

Menos expectativas, más proceso

Esperar que un perro aprenda rápido y siempre a la primera es poco realista. Aprender lleva repeticiones bien hechas y contextos adecuados.

En resumen

La paciencia no es un extra en la educación canina. Es la base.

Respirar, bajar expectativas y aprender a comunicarnos mejor suele ser mucho más efectivo que subir la voz.

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Kinikós
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