Mi historia desde el principio (una vida de perros)
Mi vida comienza en una casa con cinco hermanos mayores a los que les gustaban los perros, un padre que apoyaba la convivencia con animales y una madre que, lógicamente, estaba cansada y no tenía demasiada sensibilidad para con nuestros gustos.
Cuando yo nací convivíamos con un pastor alemán, Yuma, y un bóxer del que no recuerdo el nombre. Tampoco tengo muchos recuerdos de interacciones con ellos. El único recuerdo que tengo claro es un bocado que me dio el bóxer en la mano. No causó daños físicos, pero sí recuerdo perfectamente el momento, el contexto y el susto que me llevé.
Estaba tocándole el hocico, explorándole con curiosidad como cualquier niña de mi edad. Tendría unos cuatro años y, aunque no tenía intención de molestarle, la realidad es que lo hice… y el animal marcó el límite.
El bóxer simplemente desapareció de casa. Eran los años 80 y nunca supe por qué. Yuma, en cambio, siguió con nosotros.
Recuerdo que mi madre todos los días le daba de comer en una olla comida nuestra, mezclada con pan duro. También teníamos una tortuga terrestre llamada Chusta. Se llamaba así porque abría mucho la boca pidiéndome comida y yo quería decir “asusta”, pero decía “chusta”… y así se quedó.
A veces Chusta quería comer de la olla de Yuma. Se ponía de pie para llegar, pero la olla era más alta, así que la perra, con el hocico y la pata, la ayudaba… y la tortuga terminaba cayendo dentro de la olla. Yo miraba esas escenas sentada en el sillón, porque había aprendido la valiosa lección de no molestar a mis perros, y me divertía muchísimo.
Mis hermanos empezaron a marcharse a sus propias casas y quedamos tres en casa.
El día antes de la boda de mi hermana estábamos en casa mis padres, un hermano y yo. Yuma estaba tumbada descansando. Nos miramos y cerró los ojos. En ese momento le dije a mi hermano que Yuma había muerto.
Aún me pregunto por qué lo supe y no tengo respuestas, pero efectivamente había fallecido.
Fue muy triste para toda la familia. Había sido una gran perra: protectora, directa, clara en su comunicación, como solo los pastores alemanes saben ser. Y, para colmo, mi hermana se casaba al día siguiente.
Me dijeron que me acostara y que no le dijera nada a mi hermana cuando volviera a casa, pero no podía dormir. La esperé despierta para contarle lo que había pasado.
El tiempo pasó, mis hermanos terminaron yéndose y me quedé sola con mis padres. Yo quería un perro, pero nada volvió a ser igual después de Yuma.
Entramos en los años noventa y mi hermano mayor se formó como adiestrador. Montó una residencia, criadero y centro de adiestramiento canino. Yo pasé mucho tiempo con él y con mis sobrinos en el centro, rodeada sobre todo de pastores alemanes y malinois. Las técnicas eran las propias de aquella época, muy distintas de lo que vemos ahora.
Yo seguía deseando tener mi perro. En esa época había muchos perros por las calles. Crecí en un barrio obrero y era habitual que los perros salieran solos, sin collares ni correas. Muchos también eran perros que simplemente vivían en la calle, sin castrar, y era frecuente encontrar perros enganchados por la monta. Definitivamente, eran otros tiempos.
A veces algún hermano llevaba un perrito a casa para mí. Recuerdo a Lola, una mestiza muy pequeña que mordía muchísimo y cada vez que abríamos la puerta se escapaba hasta que un día no volvió. Otro mestizo joven al que llamé Gumy murió envenenado. Coco fue el primer perro al que me dejaron comprarle collar y correa. Recuerdo la ilusión que sentía al pasear con él y lo bien que lo hacíamos. Yo tendría unos diez años y no quería separarme de él por miedo a perderlo. Mi miedo se hizo realidad cuando un día, al volver a casa del colegio, mi madre me dijo que se había puesto enfermo y nunca más lo volví a ver.
Todos me marcaron, pero Coco especialmente. Sentí mucha tristeza durante mucho tiempo y aún lo recuerdo con muchísimo cariño.
Pasó el tiempo y aunque no tuviera mi propio perro, me iba haciendo cargo de todos los perros que me encontraba por la calle mientras jugaba con mis amigos. Les daba mi merienda y luego subía a casa y les bajaba más comida y cubos con agua. Era una obsesión.
Yo era una niña muy introvertida, sensible y me sentía muy cómoda entre perros. Escribía cuentos donde los protagonistas eran una niña y un perro.
Yo lo tenía muy claro: cuando creciera compartiría mi vida con un perro.
La familia compró una parcela en el campo donde pasábamos mucho tiempo. Vivían allí Boli, un perro que ladraba muy ronco, y Lili, que mordía increíblemente fuerte. Lili se quedó embarazada y mis padres me prometieron que podría quedarme con un cachorro. Yo no confiaba del todo en ellos, pero estaba dispuesta a todo por tal de tener mi perrito.
Era el verano de 1992 y empecé a prepararlo todo. Le construí una casita a Lili para cuando pariera y en casa iba preparando el ajuar para mi bebé.
Le fabriqué una camita con una caja de fresas, le hice un colchón con relleno de un cojín y un retal de tela rosa con lunares blancos, su almohada y su colchita de ganchillo. Le compré su collar y correa y un diario personalizado donde iba escribiendo todo desde el embarazo de la perrita hasta el nacimiento.
Fue el 15 de agosto. Esa mañana llegamos a la parcela y vi a Lili sin su barriguita. Corrí a la casita del parto y ahí estaban los once cachorritos.
En cuanto lo vi supe que era él. Snoopy, mi deseado perrito.
No quería separarme de él y su madre tampoco me daba mucha tranquilidad. Era demasiado joven e inexperta y no se ocupaba bien de sus cachorros, y por fin pude llevarme a Snoopy a casa.
Tenía un mes, cabía entre mis manos y cuidarlo ocupaba toda mi atención. Lo llevaba a todas partes.
Cuando creció me acompañaba al colegio y cuando salía siempre estaba en la puerta. Lo montaba en la cesta de la bici, jugaba con nosotros en la calle, lo vestía de bebé, sabía ladrar a demanda, saltaba muy alto y si yo estaba triste no se movía de mi lado.
Crecimos juntos. Venía conmigo en la scooter al trabajo y a veces desaparecía un par de días, seguramente buscando perrita. Vivimos en otras provincias y conoció a mis hijos.
Diecisiete años me regaló y nunca nadie le superó en complicidad.


