Cuando paseo con mi perro y todo pesa
Pasear con mi perro, ese que tiene episodios de reactividad, no es solo salir a la calle. Es prepararme mentalmente antes de abrir la puerta. Es mirar esquinas, anticipar cruces, contener la respiración cuando aparece un estímulo inesperado.
Hay días en los que siento vergüenza. Vergüenza cuando ladra y parece que todas las miradas se clavan en nosotros. Vergüenza cuando alguien se aparta de forma exagerada o suelta un comentario que duele más de lo que me gustaría admitir.
Otras veces llega la culpa. Me pregunto si lo hice mal, si no supe elegir, si debería haber sabido más antes. Incluso me siento culpable por cansarme, por frustrarme, por desear —a ratos— que todo fuera más fácil.
La frustración aparece cuando los avances parecen frágiles. Cuando hay días buenos que se rompen en segundos. Cuando amar a mi perro no basta para que los paseos sean tranquilos.
De esto se habla poco, pero importa mucho: yo también necesito apoyo.
Necesito que alguien me diga que no estoy exagerando. Que lo que siento es normal. Que no tengo que justificarme todo el tiempo.
Mi perro no me está fallando. Está haciendo lo que puede con las herramientas que tiene. Cuando empiezo a entender esto, algo se afloja dentro de mí. La culpa pesa menos. La vergüenza se transforma en límites. Y la frustración deja espacio a la compasión.
Acompañar a un perro con episodios de reactividad requiere paciencia, información y mucho cuidado emocional. También hacia quien acompaña. Porque ningún proceso se sostiene si la persona que está al otro lado de la correa está agotada.
Cuidar de mi perro también implica cuidarme. Pedir ayuda. Bajar exigencias. Recordar que hacerlo lo mejor que puedo, hoy, ya es suficiente.
Si te reconoces en estas palabras, no estás solo. Hay caminos más amables. Y recorrerlos acompañado marca la diferencia.




